martes

Where The Wild Things Are y lo que nunca hicimos pero siempre quisimos hacer cuando chicos

Es fácil creer que los piratas, los vaqueros y los astronautas son súper hombres, fuertes y valientes, muy crecidos y maduros. Que la tienen clara y por eso saltan de un barco a otro, disparan arriba de un caballo y andan en cohetes. Que son lo que son porque no tienen miedo, porque siempre fueron grandes y nunca chicos.




Qué mentira.



El pirata, el vaquero y el astronauta son grosos porque tienen un problema: nunca dejaron de ser niños. Nunca dejaron de correr con los ojos cerrados, ni de tropezarse con las veredas, ni de tomar leche en la mañana. Ni de querer/odiar a su mamá. Son pendejos peludos que fueron capaces de cumplir el sueño imposible de todos: agarrar sus cosas y virarse a esa aventura que parece tan prohibida.



Las ganas de querer mandar todo a la mierda son las que producen piratas, vaqueros y astronautas. Pero era tan difícil hacerlo. Cuando te mandaban a barrer las hojas de la calle, y después a poner la mesa, justo en medio de la Gran Guerra de Juguetes que tenías planeada en el patio, la furia te ponía rojo y los dientes se apretaban tanto que dolía. Ponías los vasos con fuerza y hacías el jugo aguado a propósito. Contestabas con silencio cuando te preguntaban qué te pasa, y en la repisa habían muchos platos, apretados por pocillos que están arriba, y con el enojo de no estar jugando las cosas no se pueden hacer bien, entonces tiraste rápido y con los dedos sudados, y un plato se deslizó entre todos y lo viste caer plano y redondo como era. Los pedazos se reparten por la cerámica roja de la cocina, el pecho se pone helado, la garganta se aprieta y una mano grande te impacta la cabeza por detrás. Hasta cuándo, te dice tu papá, y de ahí no se escucha nada más y sólo se ve mojado por los ojos.





A veces la rabia sólo se transformaba en llorar en la pieza contra la almohada, pensando que le ibas a decir a papá que lo odias tanto, que nadie te entiende, que siempre te mandaban a hacer las cosas a ti, que a tu hermana nunca le decían nada. Otras veces, la pena sólo se pasaba hablando con los perros, que te escuchaban con la lengua afuera, diciéndoles que ojalá la vida fuera como la de ustedes, de dormir y correr y comer y dormir y morder la pelota y perseguir polillas. No quiero más colegio, ni lustrar los zapatos, ni bañarme, ni acostarme temprano. Quiero mandar todo a la mierda. No quiero barrer la calle. Quiero ser como ustedes.



Spike Jonze, inspirado en un libro de Maurice Sendak, nos muestra cómo sería tener 9 años y dejar todo botado; subirse a un bote y navegar toda la noche, y después llegar a un bosque y ser un poco pirata, un poco vaquero y un poco astronauta. Enfrentarse a los miedos que siempre nos mantenían en casa, y superarlos con las mentiras que formaron nuestra identidad, y entonces ser felices en la fantasía inmediata, sin cambiarse de ropa ni lavarse las manos, junto a los monstruos que, como tus perros, te entienden porque no te conocen.



Pero cuando el mundo ideal se cae y se pone real, e incluso los monstruos se hacen verdaderos con sus conflictos y rencores, es momento de crecer y de volver donde la mamá, que en verdad me quiere tanto y me lo ha dado todo, y no quiero que se ponga triste ni preocupada, se enoja y no me entiende pero yo sí la entiendo a ella. Y no necesito decírselo, sólo la veo dormirse tranquila y cansada, y eso siempre estará bien para mí.