Down on the street
Those men are all the same
I need a love
Not games
Not games
De la canción Candy, de Iggy Pop
Está dispuesta a hacerlo. Su cuerpo está cubierto por un vestido de color negro, liso y escotado en la espalda, que cae por su piel deslizándose como una serpiente oscura y brillante. Sus piernas, sin medias, brillan en la zona de las pantorrillas y parte de los muslos. Y su pelo: corto, negro y con ondas, se mueve al ritmo de los pasos que genera al caminar. Se detiene un minuto y respira hondo. Toma aire y llena los pulmones.
Acaba de tomar la decisión.
Claudia camina hacia su auto, un Daewoo Racer verde palta con tres mil kilómetros recorridos. El rostro de Claudia parece sereno y único. Sus ojos y boca están discretamente pintados de ocre mientras que su piel, carente de rubor, impide que sus 39 años de vida sean notorios. Abre la puerta, se mete al interior del vehículo y una bocanada de aire caliente hace que sienta un leve mareo. El vestido cede un poco y los muslos de Claudia se pueden apreciar en casi toda su extensión. Lisos, largos y apretados. Enciende el motor del auto y abre la ventanilla de la puerta para que el molesto aire caliente abandone la cabina.
De la cartera surge el repique de su celular. Claudia tose, mira el espejo retrovisor y contesta.
-¿Lista? -dicen desde el auricular.
-¿Debería estarlo?
-Te están esperando -responde la voz que Claudia conoce perfectamente.
-Eso no significa que tenga que estar lista.
Un hombre, de terno azul piedra, camisa y corbata celestes; de pelo castaño y cara huesuda, la observa mientras camina delante del auto. El hombre mira fijamente la figura de Claudia y parte del escote que se ve aumentado a medida que su cuerpo va acomodándose en el asiento del conductor.
-Está en una casa, en Gran Avenida, paradero 38. Cerca de la base aérea El Bosque. Lo tienes claro, supongo.
-Tengo la dirección -apunta Claudia, que aprovecha de mirar su rostro en el espejo retrovisor de la puerta-. Lo que pasa es que estoy nerviosa.
-Lo sé.
-Yo también lo sé -concluye Claudia.
Claudia está hablando con Diego, su actual pareja. Diego es un hombre alto y medianamente robusto. Su pelo es abundante y, a su natural tono castaño, se añade un buen número de canas que se hacen peligrosamente numerosas sobre las patillas y debajo de la nuca. Claudia es médico psiquiatra y conoció a Diego en un curso de neuropsiquiatría al que ambos asistieron en Viña del Mar. Diego tiene la especialidad de neurocirugía y, en dos meses más, cumplirá los cuarenta y seis. Diego, sin embargo, ya no celebra ningún cumpleaños desde que llegó a los cuarenta.
A parte de su profesión de médico, Diego es un jugador. En Viña del Mar Diego invitó a Claudia al casino y perdió cien mil pesos durante aquella noche. Claudia lo observaba y, de alguna manera, le atrajo la tranquilidad con que aquel hombre aceptaba la fuga de dinero desde sus bolsillos. Diego, luego de hacer su última jugada, invitó a la mujer que lo acompañaba a tomarse unos tragos lejos de las máquinas tragamonedas y las mesas de apuestas.
-No me diste suerte -le dijo Diego a Claudia, sonriendo.
-Es prematuro afirmarlo -sentenció con seguridad, Claudia.
Terminaron juntos en la habitación de Diego. A la mañana siguiente no hubo reuniones de trabajo y ambos decidieron que algo bueno podría salir de todo eso. Tenían la firme y resuelta convicción de que así sería. Además, lo necesitaban.
El aire comienza a ser un poco más fresco en el interior del auto. Claudia se arregla el pelo con una mano, y con la otra sostiene el teléfono celular. La mano que arregla los flequillos del pelo, se mueve con velocidad hacia el vestido. Claudia lo alisa y acaricia mecánicamente sus dos rodillas.
-Lo puedes hacer por mí -dice la voz de Diego-. ¿Entiendes? Puedes hacerlo por mí. Es muy importante. Es necesario, ¿puedes entenderlo?
-Lo estoy haciendo por ti -responde Claudia-. Evidentemente lo hago por ti.
Claudia cruza Gran Avenida sin tener mayor conciencia que lo está haciendo. Sólo mira de frente y de vez en cuando las luces parpadeantes del par de semáforos que están en las esquinas, la devuelven al estado de alerta. En los momentos de tensión la mente de Claudia tiende a separase en dos. La parte mecánica sigue funcionando con normalidad y continúa tomando las decisiones sin que su parte inconsciente, que suele situarse a una distancia infinitamente lejana, tenga ingerencia en los hechos. Cuando Diego le pidió que hablara con el acreedor de su nueva y abultada deuda, ella se quedó en silencio durante diez minutos. Diego la vio caminar, tomar un sorbo de agua mineral y mirarse ante un pequeño espejo. Claudia jamás recordó aquellas acciones. Sólo pensaba en lo que su novio le había mencionado.
Aquella vez, ambos se habían reunido para salir a comer y quedarse en un motel parejero de Avenida Larraín, en La Reina. Ese día Diego estaba demacrado. Sus canas se habían multiplicado como la levadura en agua caliente, y el especial atractivo de adulto experimentado, dio paso a un rictus facial lleno de dudas e ideas sombrías. Tuvieron sexo en dos ocasiones. Claudia fue más activa, mientras Diego trató de seguirla vanamente entre gemidos callados y pequeñas descoordinaciones en el movimiento. Terminaron cansados y no hablaron por minutos, los que a Diego le parecieron ser horas de espera inútil y desagradable. Luego, él se tomó el whisky que habían entregado en la bandeja y Claudia bebió un sorbo de Coca Cola. Claudia fue a bañarse y Diego permaneció acostado mirando un partido de fútbol español que retransmitían por ESPN.
Claudia salió del baño desnuda y su pelo negro corto estaba tan mojado que las gotas cayeron a la alfombra formando una mancha de agua.
-Okey, Diego, lo voy a hacer -dijo, al mismo tiempo que tomaba una toalla de color crema-. No soy cobarde, te voy a ayudar. ¿Quieres que hable con él, que lo convenza? Estoy dispuesta a ayudarte. Esta será mi apuesta.
-Él quiere que seas tú. Una mujer, mi novia. Quiere negociar contigo porque las mujeres son más confiables en cuestión de dinero. Eso dice él.
Claudia no lo escuchaba. Lo miraba fijamente y secaba su cuerpo cubierto con gotitas de agua en suspensión.
-Te ayudaré, supongo -dijo, y por un momento le sonrió. Con su mano Claudia notó si su pelo estaba lo suficientemente seco como para retirarse del lugar y no resfriarse-. ¿Me veo bien, Diego? Quiero decir, ¿estoy lo suficientemente presentable para salir de aquí?
Diego asintió y continuó mirando la televisión. Los destellos de luz le iluminaban el rostro de manera desordenada. Primero centelleaban un ojo, luego un mechón de pelo y después sus labios. Era una invasión de luces verdes y desordenadas.
-Una vez me tiré una negra -dijo-. La conocí en Santo Domingo, cuando fui al Casino Hotel Quinto Centenario, que está frente al Malecón. Allí perdí mucha plata, pero también alcancé a ganar lo suficiente como para atraer a las mujeres más bonitas y mejor vestidas del Casino. Era larga, tenía un culo enorme y sus pechos eran chicos. Eso me llamó mucho la atención.
-¿Que no tuviera pechugas? -preguntó Claudia.
-No: la desproporción. Cuando se sacó la ropa pensé en lo desigual que era su cuerpo, y aún así era atractiva a cagar.
Respondió inmediatamente Diego. Luego añadió.
-Tenía un vestido negro suave, apretado, le caía por el cuerpo. Muy rica ella, la verdad. Me miraba y le encantaba que tuviera pelo en pecho o que mis palmas fueran de color rosado. Le gustaban esas cosas, más allá de si le había importado tirar conmigo. Eran puras huevadas.
Diego hizo una pausa, miró el vaso de whisky a medio vaciar. Los cubos de hielo apenas flotaban en la superficie y estaban a pocos minutos de disolverse.
-Se llamaba Heidi, debió haber tenido unos 17 años y ya estaba divorciada, como todas las mujeres que viven en República Dominicana, supongo. Fue una buena experiencia, creo yo. Nunca había estado con una negra.
-Debió haberlo sido -dijo Claudia y comenzó a buscar las llaves de su auto en la cartera-. Manejas tú, ¿cierto?
Diego seguía mirando, absorto, el partido de fútbol en ESPN.
-Manejas tú -ordenó Claudia.
Y lanzó las llaves a la cama. No buscaba dos opiniones al respecto.
Sol redondo y amarillo. Nubes moteadas grandes y blancas. Cielo azul, muy azul. Brisa suave. Día perfecto.
-Soy Claudia.
-Claudia, qué.
-Claudia Muñoz, me esperan.
-Pase -dice la voz, que es suave, como si se tratara de un recepcionista de hotel.
Sus zapatos resuenan en las baldosas grises y opacas que adornan la entrada de la casa. Sus piernas siguen brillando como si se trataran de espejos o del mar reflejando el sol. Son 10 metros en diagonal entre el portón y la puerta de la casa. A los cinco metros, la puerta se abre y Claudia ve a un hombre de pelo negro y ondulado que aparece y le sonríe con seguridad. El hombre lleva una chaqueta de mezclilla, muy azul, y pantalones de tela gris. En la espalda de la chaqueta de mezclilla hay un enorme diablo con colores rojo y blanco que sonríe con coquetería y perversidad a quien lo mire.
-Claudia Muñoz, pase por acá. Si quiere fumar, hágalo antes de entrar porque adentro no podrá hacerlo.
-No fumo.
-No me importa si fuma o no -la voz del hombre sigue suave aunque ya es poco amistosa-. Le digo simplemente que no puede hacerlo.
Dentro de la casa, un poco oscura en el living pero muy luminosa en el comedor de diario que se ubica a continuación, se escucha Dio come ti amo, de Domenico Modugno a un volumen tal que viaja por el espacio, rebota en las paredes y se introduce con fuerza hacia los oídos de Claudia.
El hombre camina delante de Claudia, tararea la melodía y gira su cabeza para mirar el rostro de la mujer. Fija los ojos en sus labios, luego su cuello, baja por el escote, se queda unos instantes en los pechos de Claudia y baja hasta ver sus caderas y sus piernas. El hombre sonríe y toma un control remoto de la mesa de centro y lo dirige hacia la mesa de centro. El diablo también sonríe.
-¿Quiere silencio?
-No, gracias. Quiero hablar con el señor Echevarría, por favor.
-Pase, entonces. No se quede ahí.
Claudia camina por la oscuridad. Sus pasos se hacen lentos y la voz de Domenico Modugno la envuelve. Ella se siente como si sus pies comenzaran a moverse con dos grilletes. Sus ojos parpadean con lentitud y su mente se mezcla el rostro y las manos de Diego con la voz de Modugno. Cuando se vistió para la cita, Claudia escogió el vestido negro porque la gente solía enfocarse en ella y en nadie más. La observaban, se reían e intentaban seducirla. Claudia no conocía a Echevarría, no podía evitar que él perdiera interés en ella y, por añadidura, en Diego. Al ingresar a la pieza del comedor, la luz le encandiló un poco. Sólo pudo ver figuras difusas de una mesa, sillas y un hombre sentado en un piso. La música se desvaneció y dio paso al silencio únicamente interrumpido por el golpe de un dedo sobre la mesa.
-Buenos días.
-Buenos días, quiero hablar con el señor Echevarría.
-El señor Echevarría soy yo.
-Yo soy Claudia Muñoz, un gusto.
Echevarría sonríe y mira al hombre de la chaqueta de mezclilla, que se quedó al lado de Claudia.
-Diego tiene una deuda con usted, y él me dijo que podría negociarla a través mío. Que eso es lo que le había pedido usted a él, a Diego.
-Que viniera su esposa.
-Yo soy su esposa, por así decirlo.
-Entonces estamos bien.
Echevarría es un hombre más ancho que alto. Y es relativamente joven: tiene el pelo rubio y su cara es redonda, ancha; como si tuviera paperas. Por ese motivo sus ojos azules se ven aun más profundos: hay varios centímetros de piel y grasa que lo separan de la orbita ósea de su rostro. Su cuerpo es fuerte, como una gran piedra sólida y poco erosionada. El tronco está cubierto por una camisa Lacoste enorme, verde manzana. En su mano lleva dos anillos: uno de oro y otro de cobre.
-Su esposo es un jugador, me debe dinero. Y eso no es muy bueno.
-Lo sé.
-Ni para él ni para mí. Y puede que para usted tampoco, Claudia.
Claudia baja la vista, pero no la cabeza. Sus ojos buscan una silla, la encuentra y se sienta en ella. Cruza las piernas y sus muslos nuevamente aparecen duros y grandes. Ejercen un poder sobre los ojos de Echevarría, los que se fijan en cada centímetro cuadrado de piel.
-Usted quería hablar conmigo. Diego me dijo que confiaba más en las mujeres y por eso estoy yo aquí.
-Claudia -responde Echevarría sin apartar los ojos de los muslos de la mujer-. Su esposo no podrá pagarme la suma que debe. No en términos de dinero. Por eso está usted aquí.
-No entiendo.
-Entienda -interrumpe Echevarría-. El vestido que lleva es muy bonito, el color negro le viene a su piel, ¿se lo regaló su esposo?
La vez que Claudia compró ese vestido negro estaba sola. Se había separado de su esposo de hecho, sólo unas semanas antes. Cuando ocurrió aquello, un suceso que veía venir como si estuviera en la mitad de una línea férrea y el tren viniera a una velocidad lenta pero constante a la embestida, las cosas de su vida se desmoronaron por completo. Cada pantalón que se ponía, cada blusa o vestido, parecían de otra persona, no de ella. Claudia salió de su casa, botó la mitad de su ropa a la basura y fue a comprar muchos vestidos: una docena aproximadamente. De esa docena, sólo pudo ponerse ese vestido negro. El resto aún está nuevo en uno de los clóset de su casa.
-Lo compré yo, hace más de un año. Me gusta este vestido, me agrada el color. Me siento segura.
Claudia tose, despeja su garganta, intenta darle ilación al pesado silencio que se produce tras su respuesta. Echevarría la mira, no se ríe pero su rostro no denota gravedad. Claudia se mueve un poco y arregla su vestido.
-Para qué estoy acá, señor Echevarría. Quiero negociar la deuda de mi esposo. A eso vine.
-Él no es su esposo
Claudia lo mira, pero no responde.
-Sé que Diego es un jugador -insiste-. Que tiene algunos problemas económicos. No voy a avalar su deuda con propiedades; sí con algún dinero. Pero lo más importante: creo que puedo lograr que usted le de tiempo. Permita que le pague con más tranquilidad.
Echevarría la observa sin decir palabra alguna.
-Para eso estoy acá -dice Claudia.
-¿Usted sabe que el juego es una obsesión?
-Soy médico, por supuesto que lo sé.
-La gente pierde el enfoque si las obsesiones se apoderan de sus vidas. ¿Me equivoco?
-Es probable, si.
-Claudia, a mi no me obsesiona el juego. Me gano la vida con los pobres diablos que pierden y pierden sin que puedan frenarse, como don Diego, su supuesto esposo.
Echevarría se pone de pie, su cuerpo se mueve con dificultad hasta elevarse por completo. Es un hombre alto. A su lado, Claudia y el hombre con la casaca de mezclilla, parecen sus hijos.
-Yo tengo otras obsesiones. Para eso está usted aquí, Claudia -y añade-. Párese y dé la vuelta.
Claudia se pone de pie. Piensa en Diego, en las oportunidades en que la ha abrazado sin decirle nada. Es un hombre sin mayores virtudes y con suficientes defectos como para apartarse de él, al instante. Pero Claudia sigue con Diego porque ha sabido estar junto a ella. Pese a todo y hasta ahora, Claudia lo necesita.
Gira lentamente. Siente que los ojos de los dos hombres observan cada detalle de su cuerpo: el surco de su espalda, sus hombros, sus caderas, todo.
-¿Cuantos años tienes, Claudia?
-Cuarenta y tres.
-Yo tengo treinta ¿Cuantos hijos tienes? -pregunta Echevarría, que se acerca un poco más hacia Claudia.
-Tres mujeres.
Claudia escucha una canción. La canta Echevarría y es Yo te propongo, de Roberto Carlos. Sus piernas están tensas, sus músculos se ponen tan duros como la placa del acero más resistente que pueda manufacturarse en el mundo.
La voz de Echevarría se apaga. Ahora sólo se escucha su respiración.
Claudia está de pie, mirando un árbol que queda enfrente de su edificio, que tiene hojas verdes, muy frondosas y aromáticas. Las hojas se mueven con un viento suave, mientras el sol apenas ilumina la ciudad. Claudia sólo viste ropa interior: un calzón negro, tanga, y unos sostenes negros lisos.
Tampoco lleva maquillaje. El vestido negro está sobre la cama.
La primera vez que vio perder a Diego, Claudia supo que no podría dejarlo. Estaba en un juego privado, con otros médicos. Jugaban sumas relativamente elevadas y Claudia y las demás mujeres estaban preocupadas. Todos eran doctores separados, con deseos de vivir una vida que les había sido esquiva durante aproximadamente diez años de estudio.
De hecho, Claudia se había casado con uno de sus compañeros de curso, que terminó siendo un gastroenterólogo del montón que le fue infiel durante todo su matrimonio. Y allí estaban todos ellos, incluyéndola, buscando con desesperación la experiencia de vida perdida entre tanto conocimiento.
Diego perdió todo cuanto llevaba, aquella noche. Se veía como un niño, inseguro, mal educado y triste. Claudia lo miró desde un sillón, conversando con una mujer joven y soltera, que acompañaba a un médico cincuentón de ojos azules y pelo blanco.
-Todavía no he perdido todo -le dijo, cuando fue a pedirle un cheque-. Todavía te tengo a ti, ¿cierto?
Claudia le dio un beso en la mejilla, después Diego observó cómo ella hizo el cheque. Lanzó una breve carcajada.
-Hueveaba, amor. Lo sabes.
La reunión, como toda reunión entre médicos con vidas quebradas, fue desoladora. Muchos éxitos y fracasos encubiertos. Y a Diego se le ocurría perder su mayor patrimonio: su arrogante seguridad.
-No te preocupes por pagarme. No lo necesito.
-Pero yo si lo necesito. No te preocupes, vas a tener ese dinero depositado en tu cuenta el lunes. Saca una consulta de saldo y verás ese dinero en tu cuenta.
Pero ella sabía que aquello era una mentira.
El teléfono comienza a sonar. Claudia escucha el sonido y cuando se percata que una de sus hijas corre en una de las habitaciones para contestar, se adelanta y levanta el auricular.
-¿Claudia?, Diego. ¿Estás allí?
Claudia no dice nada, sólo escucha la voz que suena metálica y deforme.
-Supongo que ya hablaste con Echevarría, cómo te fue. ¿Me puedes contestar? Claudia, por favor, deja de ser pendeja y contéstame, ¿quieres?
Silencio. Las hojas moviéndose delante del vidrio de la ventana. Piso tercero, ubicación nororiente.
-Perdona, lo que sea perdona, Claudia. Y gracias, de verdad. Espero que me entiendas. Pero háblame dime algo.
Al salir de la casa de Echevarría, Claudia sólo podía recordar nítidamente dos cosas: la primera de ellas era el diablo sonriente que estaba pintado en la casaca del ayudante de Echevarría. Y la segunda, la melodía de la canción de Modugno. Cuando se subió al Daewoo Racer, se miró al espejo retrovisor, revisó sus labios, miró sus ojos y encendió la radio. Pero en su cabeza retumbaba la voz del cantante italiano.
-Nunca más me agradezcas nada.
Claudia corta y luego descuelga el teléfono. Camina por su habitación e intenta llorar, pero no puede. Gira el cuerpo, acaricia su vientre y se dirige a la cama. Allí está el vestido negro. Claudia lo observa por un lapso de minutos. Luego toma el vestido y lo levanta. Empieza a revisar detalles de su costura, busca la tira de las especificaciones de la tela: 65% poliéster y 35% de algodón. Lavar a 60 grados, no lavar con químicos y planchar a temperatura media. Claudia extiende el vestido negro en la cama. Nota un par de arrugas e intenta alisarlas con la mano. Mira el resultado y no queda conforme. La voz de Domenico Modugno retumba en su mente.
Va a buscar la plancha que está dentro del closet y la enciende a temperatura media. Espera unos minutos y luego comienza a aplicar la plancha sobre las arrugas. Se sienta en la cama. Mira nuevamente el vestido y sonríe.
Las arrugas siguen en el vestido.
