miércoles

Huelga mapuche y una militar









Pese a que la huelga de hambre de los militares no se hizo efectiva, el sólo intento y la aprobación de algunos idiotas ya deberían ser motivos suficientes para sentirse vergonzados de vivir en Chile, el Springfield de sudamérica.

Vamos a revisar algunas diferencias entre el intento de los sinverguenzas de los ex militares presos y la huelga mapuche, nada más para dejarle en claro a algunos fascistas hiperventilados el porqué de que en este caso no se puede dar el infantil juego de “ay pero si ellos pueden ¿por qué nosotros no?” o el sinsentido de la superficial frase “ahora todo se consigue con una huelga de hambre”

Diferencia 1: Ambigüedad de imputaciones vs claridad absoluta en imputaciones

Mientras a los mapuches le imputan cargos que son tan ambiguos como “prácticas que infunden el terror”, sea lo que sea que eso signifique, a los militares en cuestión se les condenó por delitos tan específicos y tipificados como las violaciones a los derechos humanos, que son unas cosas locas e inofensivas tales como el asesinato, la tortura y desaparición de personas. Delitos de ese calibre dan poco lugar para ambigüedades.

Diferencia 2: Juicio injusto vs juicio normal eterno con ochomilquinientas apelaciones

Los militares tuvieron un arduo proceso, muy muy largo. Lo que más costó fue llevarlos siquiera a un juicio. Luego de eso, imagínense como tratar de probar que cometieron delitos si cuentan con dos instituciones que se preocuparon de encubrirlos: el ejército y el gobierno. Además, cuentan con el apoyo de la gente más poderosa de este país. Sin embargo, las acusaciones fueron probadas y fueron inapelalemente condenados. Por la otra parte, los mapuches, cuentan con la poderosísima ayuda de la izquierda chilena, que tiene a su haber con dos diputados en el congreso, más de siete panfletos de tiraje comunal, tres radios comunales en la provincia del Bío-Bío y más de dos centros de alumnos de universidades nacionales. Y su juicio, a diferencia de los ex militares, cuenta con testigos encubiertos y ven aumentados hasta en tres grados cualquier delito, por mencionar un par de detalles.

Diferencia 3: Petición clara vs quien sabe qué mierda esperan estos tipos

Los mapuches no piden libertad, piden no ser juzgados por la ley antiterrorista, una ley de mierda. Los militares nadie sabe que piden. ¿Libertad? Eso es idiota, porque están condenados luego de un debido juicio. ¿otro jucio? No tendría justificación alguna. ¿mejores condiciones carcelarias? Eso ya sería enfermo de cara de raja. En fin, creo que no hay que aclarar muchas cosas en este punto.

Diferencia 4: Condiciones carcelarias paupérrimas vs Punta Peuco

A ver, no se si será necesario comparar las condiciones de una cárcel en Temuco (que si ya es penca, aún más penca lo es para una persona acusada de terrorismo) con las de los cara de raja de Punta Peuco. Los presos que se encuentran allí, son los presos más asquerosos del país, los vinculados con los delitos de la peor calaña. Sin embargo, son los que gozan de los mayores privilegios. Aún así tienen cara para pedir mayores beneficios. Una verguenza por donde se le mire.

Diferencia 5: Gravedad del delito

Si eres mapuche y quemas parcelas en el sur, puedes ser procesado por la ley antiterrorista. A todas luces eso es un delito, pero ¿eso es terrorismo? ¿es equivalente a poner una bomba en el metro que mate a 100 personas? ¿es equivalente a hacerse explotar en el paseo ahumada y acabar con la vida de 50 personas? Habría que ser muy idiota para pensar eso. Ahora comparémoslo contra un tipo de terrorismo que sí fue un hecho comprobado en Chile: el terrorismo de Estado en el que participaron estos ex militares. La gravedad ese delito es la peor que puede existir. Participar de la matanza sistemática de miles de personas y operaciones que incluyen la tortura, exilio y persecusión de seres humanos sin duda debe ser lo peor que un hombre puede hacer en esta tierra. Pero lamentablemente, en las vísperas de un bicentenario poco esperanzador, en Chile hoy eso se “debate”, se “discute”. A Pinochet se le llama ex comandante en jefe, o ex presidente, o ex senador vitalicio, pero nadie se atreve a decir en los medios, el “dictador”. Todavía no se ha zanjado el tema, porque “ahonda las diferencias entre los chilenos”… y esto es, a todas luces, el reflejo de nuestra verguenza más grande, nuestra tristeza más grande. No sé, es raro. A pesar de lo vergonzoso que fue escuchar la noticia de la huelga en Punta Peuco, a veces pienso que bien hicieron estos criminales al recordarnos en esta fecha llena de falsos valores, quienes somos en realidad

jueves

Habíamos

Uno de lo asunto que mas detesto es manejar, una vez soñé que lo hacia durante horas y solo llegaba al mismo lugar. Los veranos también tiene días Lunes, lo lamentable era enterarse el día Domingo. Cogi el volante muy temprano por la mañana y me adentre en el pavimento, cercado de bonitos momentos, momentos que hoy son solo recuerdos.






- Love Hurts…. Lo exclame gritando, aquella canción que solo e escucho un par de veces por el dial, era de mi gran agrado.



- Incubus …



Respondio con centésimas de diferencia en tiempo, giro su cabellera y me otorgo su mirada. Sus ojos eran escondidos por un par de anteojos muy grandes, me daba la sensación de misterio, conocía sus miradas y deseaba saber cual era la que tenía para mí.



La ventana semi abierta, un poco de aire, un poco de viento y un poco del mar, antes de decirle adiós.



Ese día conduci gran parte del día, fue una fugaz tarde, el tiempo con ella difería de lo normal.



Esa noche soñé que el mundo se Destruía, no se si lo soñé o paso, nunca me dado el tiempo de pensarlo bien.

Mal vestido sin ducharse, sin afeitarse, preguntarse



- ¿que hago? y sin escuchar ninguna respuesta...



Abrí los ojos sin recordar mucho esa mañana, las manos tienen sangre, parte de las sabanas estaban rojas, tenia un cuchillo sobre mis manos con un signo de un arbolito.



- ¿a quien asesine… anoche?



La idea me parecía aterradora, pero en el mismo momento, una voz en mi cabeza muy espeluznante decía



- Tu sabias…. Sabias que lo harías algún día, cobarde… temeroso.



Paralizado en la esquina de la cama, sin reacción. Mis Pies me levantan sin preguntarme.

Bajo cada peldaño de la escalera cada vez mas tranquilo, sin siquiera consultarme mas.

Llego al baño. Y aquel espejo de cada mañana me desconcertó. Toda aquella sangre proviene de mí, tengo un corte enorme por debajo de las costillas.



- que rara forma de intentarme suicidar.



Pero sigo vivo, pero gran parte de mí anoche murió, lo siento así. Mi sangre escurre lentamente por mis piernas, me recuesto en la tina sin ningún afán de agua.



Una fascinante expresión llega a mi cara, ahora todo es muy obvió, sonrió.



- Me arranque el corazón. Lo destruí anoche ,



No he muerto, seguiría viviendo. Es solo un simbolismo, mis parpados se cierran y vuelvo a la realidad de dormir,



Nadie me dijo como decirle adiós, eso lo aprendí solo.







                                                                                                                Fernando Ariel

viernes

Mía.

Su mirada es bellísima son las escenas que siempre quiso vivir. Sus labios articulan cada palabra.


De este lado de el rió todo mantiene la misma mecánica de interés. No creería lo especial que eres, una ingenuidad de una sola vergüenza , eres muy dulce, tus bromas tus caricias lo único que imploro es no caer a un precipicio.

Estas tirada en la cama, deseos de amor, escenas de amor, con muchas muecas pasa a ser Mi Invierno.

Y si hablara de felicidad es Jueves de coñac sobre el sillón, es otro el sabor de las dos de la madrugada, eres una elegancia que solo quisiera hoy demostrarte todo y la vez nada.

Tiene su piel roja, el agua caliente por su cabellera, se ducha se pínta los labios se mira al espejo., me mira (estoy detrás de ella), Te acompañare.


Ella con sus actos grita, soy y seré el gran misterio de ese futuro desconocido.





SACAME DE ESTE TEXTO MUESTRAME LAS COSAS SENCILLAS Y CLARAS



E abrazado cada situación, mi desconocida ya no eres el otoño ya paso, eres mi invierno esa mirada lucida mañana tras mañana, deseo tras deseo.



Imploraste insultaste y amaste. Te rodeo con mis ojos, sabes que mi corazón las noches angustiado por pesadillas y se desalentaba al aborrecer la aparición del día. El deseo de la sombra la grandeza y lo voluble que puedes llegar a ser cuando no sabes mirar.

Mi desnudez más allá de la vista. Reflejos temblores muestra de nervios, cierro mis ojos y sigo acariciándote, me siento en el suelo del placer .Te deslizas hacia mi como si fuera la única calle de el camino un calle retorcida y una noche luminosa, pensaras mientras llamo tus labios, tu pechos y tus ojos, tu vagina es rebanada por mis manos. Eres mi primer sueño curioso y mis parpados nunca estuvieron más abiertos.






Fernando Ariel

lunes

Becas




nuestro Ministro de Educación, Joaquín Lavín, en su afán de ser el Skywalker de esta Estrella de la Muerte que es la educación chilena. Se trata de incentivos y becas para aquellos indecisos jóvenes que por esas casualidades de la vida, o sólo por ser ingenuos tal vez, quisieran estudiar pedagogía en cualquiera de sus especialidades. Becas que se dividen en cubrir la totalidad del arancel durante toda la carrera si obtienes al menos 600 puntos en la PSU, lo mismo más 80.000 pesos mensuales para quienes superen los 700 puntos, y súmele un semestre de intercambio si su puntaje supera los 720 puntos. Llegar y llevar.




Obviamente, además de cumplir con los requisitos para acceder a las Becas Lavín, se debe adquirir el compromiso de trabajar, a lo menos, 3 años en el sistema municipal. Que por cierto es donde más pantanosa se vuelve la cosa de la enseñanza.



Hace algunos meses, tras los nefastos resultados de la prueba SIMCE, el Ministro se quejaba de la mala calidad de los docentes y ese monstruo extraño que denominamos opinión pública sintonizaba con sus declaraciones. No me toma mucho tiempo entender que esta medida de los extra bonus tiene directa relación con eso.



Si la educación está mal es porque nuestros profesores son flojos, buenos para sacar la vuelta, saben apenas lo mínimo de lo que tienen que enseñar, capos para tirar licencias y hacer paros y cualquier cosa con tal de no cumplir con su trabajo. Algo más o menos así debe pensar Lavín y es muy probable que no esté tan equivocado. Es por eso que la gente, cuando ve las noticias por la televisión dice, ajá, sí, tiene razón. Porque claro, en toda guerra perdida, los soldados son la cara visible del asunto, aunque es obvio que detrás están los comandantes, los generales, un gobierno, intereses económicos, administradores, y un sublime pero eterno etcétera que siempre se la lleva pelada.

Todos hemos tenido buenos y malos profesores en nuestras vidas, pero puntualmente en el caso de la educación pública (que es donde se encuentran la mayoría de los profesionales incapaces de someterse a las exigencias y competencias de la educación privada, haciéndola parecer una liga amateur si de analogía deportiva hablamos) es lamentable tener la sensación de que la gran mayoría de los profesores no realiza bien la labor educativa. Malos profesores generan malos alumnos.




Es fácil creer que si regalamos aranceles, lucas y viajes todo costeado, se aumentará la demanda y llegarán muchachos más mateos y capaces a estudiar pedagogía, pero de ahí nacen dos preguntas: ¿Qué pasa al terminar la carrera y someterse por el resto de sus vidas a la pega de profesor que sigue siendo de las más mal pagadas? Tiendo a pensar que los más despiertos ya se habrán dado cuenta de la estafa. Segunda pregunta: ¿Por qué una carrera universitaria necesita incentivos adicionales a la de cualquier otra carrera? Evidencia, quizá, el fracaso de la educación como empleo y como sistema en general. No debería haber mejor incentivo que ser un profesional dedicado a su trabajo, bien valorado y remunerado.



Como no me interesa hacer una carta lacrimógena del asunto, y entendiendo que al señor Ministro, en su calidad de empresario de la educación privada y cara pública del Opus Dei (hablando de empresarios de la educación), no le conviene en lo absoluto mejorar el sistema educativo actual, daré a continuación las grandes debilidades y soluciones posibles de nuestro problema:

1) Aumentar el salario a los profesionales de la educación: Sabemos que las carreras con mayor demanda son principalmente las ingenierías, Derecho y Medicina. Todo esto gatillado por ser los empleos mejor pagados en nuestro país, un profesor en la educación municipalizada, con suerte y años de trabajo puede llegar a bordear los 400 mil pesos.


2) Mejorar las condiciones de trabajo: dependiendo de la especialidad y del lugar, un profesor con jornada completa realiza clases 34 horas semanales, a entre 8 y 12 cursos, a alumnos que pueden alcanzar los 400 cada semana. Hablamos de seres humanos, no de máquinas, ni de botones, por mucho que se parezcan ¿Qué calidad de educación entrega un profesor en esas condiciones, si además debe realizar evaluaciones, corrección de pruebas, preparación de clases, listas de asistencias, informes, reuniones de apoderados, consejos de profesores? ¿Alguien dijo stress?



3) Anticipar las jubilaciones: es imposible que un profesor de 60 años logre sintonizar con su alumno de 12. En mis tiempos de liceano nos burlábamos de una profe ancianita que tenía un tumor cerebral que le hacía olvidarse de la materia en mitad de la clase, vivía extraviada por los pasillos y se caía por las escaleras cuando iba a la sala de profesores.

4) Desmunicipalización Now! La municipalización de la enseñanza es herencia de los Combo Pinochet y está directamente relacionada con la regionalización del país, y como es complejo lo explicaré con ejemplos: es normal en las escuelas y liceos que, ante las altas inasistencias de sus alumnos, los directores tengan que falsificar las listas de asistencia, porque de lo contrario la Muni le rebajará la subvención e incluso puede quitársela dependiendo del caso. Otro ejemplo: el problema de los no pago de bonos a profesores, así como la llamada deuda histórica, y que ha motivado los paros y protestas desde la vuelta de la democracia y que incluso a la fecha no se ha solucionado, se debe a que los dineros fueron destinados a otras funciones dependiendo de cada municipio que tiene autonomía de lo que realiza con sus fondos. Hace rato que se viene hablando de la desmunicipalización de la educación y de la creación de un ente gubernamental que administre las platas de las escuelas y liceos.


5) Especialización de los administrativos:  las Corporaciones de Educación, organismos llenos de otros profes apitutados, dependiendo de sus militancias políticas, amiguismo, etc. Está bien, dejando la moralina de lado, así funcionan los gobiernos, pero sería de mucho más provecho que los trabajadores en esa área administrativa tuvieran la preparación necesaria, y fuera un trabajo en conjunto entre técnicos, profesores, ingenieros, psicólogos, sociólogos, etc

6) Agudización de la especialidad del profesor: Un profesor de castellano debe ser seco en literatura, semiótica, lingüística y gramática; uno de matemática en aritmética, geometría, álgebra e incluso en algunos liceos, en física; el de ciencias sociales en historia de Chile, historia universal, geografía, economía y cívica. Es claro que cada profesor es más fuerte en un área que en otra y tienden a cargar, lógicamente, la clase a su fuerte, perjudicando a sus alumnos. Debería premiarse ese avance y no castigarlo haciéndole pasar materia en la que no se maneja tan bien, dividiendo los cursos y otorgándoselos a otros profes que sí se peinen muy bien en el área que el primero maneja un poco menos.


Son medidas simples, superficiales si se quiere, pero necesarias si queremos salir de este hoyo negro. Y digo “este”, porque con estas mejoras se obtendrán mejores resultados, y es un buen pie, pero evidentemente, lo que realmente hace falta, más allá de la voluntad política, es aquella gran conversa que exigían los pingüinos en su revolución del 2006: replantear la educación en su totalidad, juntando opiniones cívicas, de la familia, de estudiantes, de profes, de teóricos, de autoridades, y de Gobierno. Porque aún son tema las diferencias, las faltas de oportunidades, el rol de la familia, el bullying.




Por mientras Elige Educar y Becas Lavín: a ver si cazan a plumíferos crédulos, y ustedes polluelos, futuros profesores, de sacar un intercambio al extranjero, aprovéchenlo.

martes

A-lma

Mi polera está arrugada y desordenada. Mis jeans están un poco sucios en las rodillas. Normalidad absoluta, pienso, mientras abro la puerta con cuidado. Todavía mantengo los anteojos de sol en mi cara, a pesar de estar en el interior de mi casa. Escucho en un personal stereo viejo Don’t stop believing de Journey, pero como las pilas están agotadas, el tema demora cuatro minutos en acabar.




- Some will win, some will lose –canta muy lentamente el vocalista de Journey en mis oídos.



En el living me encuentro con mi madre que está sentada en el sofá. Tiene encendido el computador y lee un catálogo de decoración en inglés. Noto su cuello, debajo de su pelo en melena, y es idéntico al mío: delgado, casi fino. Pero si uno lo observa detenidamente se da cuenta que es fuerte, lleno de músculos tensos. Inflexibles.



Mi madre deja el catálogo, se arregla su melena con una mano y me mira.



-Domingo, tú -dice. Vuelve su cabeza al computador y se queda contemplando la pantalla-. ¿Almorzaste?, Si no lo has hecho, dile a la nana que te prepare algo. Ella anda por allí.



Me quito los audífonos y los tiro cerca de las rodillas de mi madre.



-Cómo estás -digo.



Mi madre tiene puesta una falda hasta el muslo, color crema, y una blusa blanca de seda. En vez de zapatos, usa unas chalas de baño azules. Esta no es su hora de llegada a la casa y me sorprende que no esté en el trabajo.



-¿Por qué estás aquí, madre?.

-Porque vivo aquí -me responde con los ojos puestos en la pantalla del computador-. ¿No es razón suficiente?

-Lo digo por la hora. No se te ve llegar sino hasta la tarde.

-Vengo a buscar información, un disquete. Y vuelvo a trabajar.

-Me parece razonable.

-Lo es -concluye mi madre.



Me saco los anteojos oscuros y me dirijo hacia el pasillo. No tengo hambre y solamente deseo sacarme la ropa y tomar una ducha con agua tibia. Hace calor. Tal vez demasiado para ser octubre, pero al fin y al cabo, es algo que puedo soportar.



-Domingo -dice mi madre desde el living-. ¿Vienes de clases?

-Vengo de allá.



Mi madre me mira a los ojos, por un instante, y se queda quieta. Hay un pequeño silencio.



-Domingo, tienes ojeras.



Me quedo callado un instante.



-Es el estudio -miento.

-Supongo que debe ser así.

-Lo es.



* * *

Entro a mi pieza. Veo la cama con la marquesa de madera color café oscuro, que intenta hacer juego con el plumón rojo y verde que la nana colocó hace dos días. El closet, que va de lado a lado y con el mismo tono de la marquesa, parece impenetrable. No hay nada en las paredes. Sólo el papel mural blanco con pequeños relieves, y una hilera de focos halógenos que se encuentran en el costado opuesto al closet. Mi dormitorio no deja penetrar el sol y sólo la luz artificial es permitida aquí. Me dan ganas de abrir un poco las persianas, pero prefiero quitarme la ropa, que está húmeda y sebosa, y meterme a la ducha.




Abro una de las puertas del closet y comienzo a desvestirme. Me saco los bluyines y los dejo en la bolsa que tengo para la ropa sucia. Me quito la polera y sólo cuando estoy en calzoncillos consigo que mi cuerpo se estire. Me rasco un poco la nariz y respiro profundo. Veo si hay alguna marca –chupón o arañazo-, pero no encuentro nada. Entonces me desnudo.



Guardo los calzoncillos, unos de color burdeo, muy chicos y de mal gusto, en uno de los cajones del closet. Antes, los doblo y meto junto a la demás ropa interior en un pequeño bolso que tengo destinado para esto. Luego tomo del mismo cajón, pero de otro lado, unos boxers marca Polo. Busco otra polera, pero saco una camisa blanca de algodón. Tomo el boxer y la camisa con una mano, y me voy al baño.



Tomo un CD cualquiera de debajo de la mesa del equipo de música y lo instalo sin siquiera verlo.



-Sorpresa -digo y aprieto el shuffle.



Suena una música llena de acordes e instrumentos de vientos. La voz inconfundible es de Frank Sinatra. Y leo de la caja, el título de la canción. Es I’ve got you under my skin, en solitario.
El agua cae encima de mi cabeza. Tibia, casi caliente. Comienzo a echarme jabón y pienso en el momento en que me desperté.




Tenía dolor de cabeza y sentía cansancio en las piernas. Estaba solo en la casa de la mujer que pidió acostarse conmigo. Que solicitó tirarme. El dormitorio era grande y tenía cuatro enormes cuadros pegados en las cuatro paredes blancas. Cuadros de fotos en blanco y negro. Ubiqué varios retratos de gente conocida y de edificios famosos. La fotografía que más me gustó fue una donde salía Chuck Berry sentado con su traje de presentación junto a su guitarra al costado de un escenario. Se veía viejo y abandonado. Detrás de él había mucha gente en desenfoque. Policías y músicos y sonidistas. Pero Chuck Berry dominaba todo. El era el rey en esa fotografía. Con el rostro cansado y perdido, pero seguía allí. Como si las cosas hubieran pasado por encima de su piel vieja y arrugada. Abajo de la foto decía: “Chuck Berry backstage at Cleveland Stadium. The Concert for the Rock & Roll Hall of Fame“, by Anton Corbijn, salía escrito.



La cama era espaciosa y tenía un plumón azul oscuro de plumama. Las sábanas eran blancas y de algodón. La dueña de la casa estaba sola y cuando abrí los ojos, me miró y me sonrió.



-¿Cheque? -dijo ella-. No tengo efectivo.

-No importa -le respondí-, cheque está bien. Teléfono y rut.



Ella se abrochó la falda y se fue al baño. Noté que no tenía medias puestas.



Jugué con la bata de levantarse que ella había usado, supuestamente, antes de vestirse. Tomé el control de su equipo de música. Lo encendí. Sonaba lo mismo de toda la noche. Música suave y romántica. Casi toda de cantantes italianos modernos. No quería seguir escuchando eso y cambié de dial.



La mujer con quien me acosté por dinero se llama Laura, tiene cuarenta y cuatro años, tiene el pelo castaño, con visos rubios; y su rostro es redondo y simpático. Su cuerpo es ancho pero bien trabajado en gimnasios. Sus piernas son duras y sus partes blandas están bien contenidas, a pesar de todo.



Después del baño ella volvió con el pelo tomado y la cara lavada. Se veía bien, aunque cuando nos encontramos por primera vez, calculé que tenía mucho más edad de la que realmente tiene. Pero en ese momento, sin un gramo de pintura en su cara, me pareció más atractiva. Una mujer más cercana. Laura volvió a reír y se acercó a la cama.



-Toma, niño bonito -puso el cheque en la sábana.

-Gracias -le dije.

Laura se había contactado conmigo por mi beeper. Me señaló el lugar donde nos encontraríamos, un nombre de chapa -Carmen- y la frase “compañía”. El resto fue más o menos lógico. Música, conversación y sexo. Antes de irse, me pidió que volviera a dejar el dial de la radio en su lugar. Y se quedó escuchando una canción que yo ya había escuchado durante la noche: Amor mío, de Mina.




La ducha ahora me está despejando un poco más. Tal vez lleve diez minutos o media hora. El asunto es que ya todo está volviendo a la normalidad.



-Don’t you know you fool, you never can win –canta ahora, Sinatra-. Use your mentallity, wake up to reality.



Salgo de la ducha goteando y me voy sin toalla a mi pieza. Escucho la voz de mi nana que me pregunta si voy a comer algo.



-Nada por ahora -respondo.



La nana ha llegado a mi lado, y me observa sin sorpresa alguna. Yo me quedo quieto, esperando a que se vaya.



-Gracias de todos modos -le digo.



Un sólo de trombón que dura un par de segundos es interrumpido por un par de trompetas, el pasillo de mi casa resuena mientras miro las gotas de aguas que caen de mi cuerpo y que van haciendo un gran charco en la cerámica.



La nana se va. Lo hace lentamente. De improviso se detiene. Espera un instante y gira. Me mira a los ojos sin que en su rostro exista un gesto distinto.



-De nada -dice después de unos segundos. Y se marcha. Sinatra acaba de terminar el tema.
Estoy recostado en mi cama. Tengo los ojos cerrados y la ropa se me está pegando al cuerpo. Decido ver qué mensajes ha tomado el operador del beeper. Sólo hay dos. Uno de una mujer que dice llamarse Carola, con el número de su celular, junto a la hora en que, supuestamente, yo debía telefonearle.




Lo descarto. No me interesa llamar a nadie de esa forma y opto por borrar vestigios.



El otro mensaje es algo extraño. No da nombres. Sólo una dirección y la hora. Me parece intrigante y me dan ganas de saber más, aunque de todas maneras lo borro. Busco mis lentes de sol y no los encuentro. Abro el cajón de mi velador y saco un pequeño espejo. Me miro la cara y noto las ojeras que mi mamá advirtió cuando llegué. Se ven algo mal, pero de todas formas no me importan. En eso entra ella. La siento venir a causa del ruido que provocan las chalas al rebotar sobre la cerámica.



-¿Ya tienes tu información, mamá? -digo, cuando la veo aparecer.

-Domingo, te han llamado por teléfono -dice mi madre.



Enciendo el televisor y cambio sucesivamente de canal. Me quedo con la imagen de un hombre y una mujer hablando en una especie de supermercado, es una película antigua, sin colores, el hombre lleva un sombrero y la mujer es rubia, apenas hablan, intentan pasar desapercibidos como si tramaran un crimen.



-Han llamado -insiste-. Es raro que te ubiquen por teléfono, ¿no crees?



Me quedo observando al hombre y la mujer evitando ser descubiertos en la conversación.



-Mamá, dime que es lo que quieren por teléfono. Nada más, por favor.

-Solamente preguntan por ti, Domingo. Yo respondo que de parte de quién y sólo me dicen: veintidós horas y en un restaurante que no entiendo cual es. ¿Qué debo pensar? ¿Tienes alguna respuesta que darme?

-Debe ser una amiga.

-Una vieja amiga.

-Si, una vieja amiga -confirmo.



Cruzo los brazos por detrás de mi cabeza.



-Espera un momento, no he terminado.

-Entonces termina -digo-. Nadie te lo impide.



Mi madre me observa fijamente. Me da la sensación que no tiene qué decir. De pronto, se toma la blusa y la mueve, como dándole aire al interior de su cuerpo.



-Espero que no ocupes el teléfono con tus amigas.



Intento responderle, pero mi madre no escucha y se arregla el pelo con un poco de fuerza. Su pelo ondea un poco. Su cara está tensa. Músculos contraídos y mirada fija.



-Es un trato -le digo en voz baja y casi sin pensar.



Me levanto y, en ese mismo instante, mi madre se gira y camina hacia la puerta. La veo salir como si lo hiciera en cámara lenta. Antes de hacerlo por completo, se detiene. Luego me dice:



-Estás acostumbrado a hacerlos.



Me dirijo a una nueva cita. Voy en un taxi colectivo que tomé en el centro directo a un autoservicio al paso, en la Panamericana. Solamente conozco el nombre del lugar al que debo llegar. Es una YPF con restaurante, estacionamiento y full servicio, ubicada a unos quince kilómetros de Santiago. En la caletera de la Autopista Central. Allí me citó nuevamente Laura. El mensaje indicó: “YPF SAN BERNARDO. LAURA, DESPUÉS DE LAS DOCE“. En el auto vienen cuatro pasajeros. Yo voy en el asiento de atrás y el hombre que va sentado a mi lado, lleva una gran caja sobre sus muslos. El taxi colectivo es amplio y cómodo. El chofer es joven y tiene encendida la radio. Una voz femenina lee las noticias al cierre de una emisora AM. Yo tengo encendido el mismo personal estéreo viejo. Escucho Crímenes perfectos, de Andrés Calamaro.



Pasamos por un lugar muy oscuro en altura. Luego por otro sitio muy iluminado y con muchas vías y orejas viales, y me quedo un poco confundido.



Realmente, no sé donde estoy.



-La YPF, compañero -dice el chofer, de improviso.

-¿Llegamos a la YPF? -pregunto, bajando el volumen del personal estéreo.

-Así es, compañero -me responde.



Diez segundos después, el auto se desvía unos metros y aparece el edificio-restaurante, además un garaje, la silueta de un par de camiones con acoplado estacionados detrás de la construcción y varios autos en la entrada del autoservicio. Salgo del auto. Hay viento y prefiero subirme el cuello de mi cortaviento color azul marino. Me meto las manos a los bolsillos. Respiro fuerte y la nariz me aprieta como si la hubiera rasgado un pequeño cuchillo. Camino al edificio. Miro los autos.



Entro y mi piel nota el cambio de temperatura. Veo a Laura sentada, con las piernas cruzadas. Sola. Tomándose una bebida.



Camino lentamente hacia ella.



-Hola, Domingo -dice Laura.



Me quedo en silencio y hago un ademán de saludo. Apago el personal estéreo y aprovecho de sacarme los audífonos.



-Tienes ojeras.

-Lo sé -respondo-. Quiero una bebida, ¿la puedes pedir?



Laura se levanta y camina hacia el encargado del local que viste una camisa a cuadros y unos pantalones sports, de tono pastel. El sonríe y le saca un tarro de Sprite del refrigerador. Laura se voltea hacia mí y muestra el tarro. Yo le digo que sí con la cabeza y ella paga. Camina lentamente con la bebida colgando de su mano. Lleva un vestido azul oscuro, casi del mismo tono que el de mi cortaviento. Es un poco suelto y le llega más arriba de la rodilla. Encima tiene una especie de tapado del mismo tono del vestido. No tiene un gramo de pintura. Los ojos se destacan aún más y si yo fuera un hombre mayor, separado y con intenciones de rehacer mi vida, probablemente la buscaría. De pronto me sonríe y levanta la bebida. Se sienta y abre con mucha fuerza el tarro. La bebida salta y nos moja a los dos.



-¿Cómo eras de joven? -le pregunto sin intención de hacerla sentir mal-. Tenías el pelo más largo que ahora, o te pintabas de otra forma.

-Espero que te guste en algo lo que ves ahora. A mi me gusta cómo es tu cuerpo, tu cara y en general, todo lo que veo delante de mi –dice con un tono tan triste que me pone triste a mí.

-Sólo me gustaría saber cómo eras antes.



Ella sonríe y se le notan pequeñas arrugas en sus ojos.



-Cuando tenía tu edad, usaba vestidos a la moda y tenía a muchas personas pendientes de lo que yo podía hacer -responde Laura, todavía sonriendo, pero un poco avergonzada-. Te dice eso algo, ¿no?

-Y supongo que no tienes ningún recuerdo. Los recuerdos son lo más importante en la vida de las personas.

-Nada -me responde-. Supongo que no tengo asuntos importantes en mi vida.



Miro a Laura. Y ella me mira a mí.



Espera -dice-. Tengo una foto de curso.



Laura busca en su bolso y saca de éste, una especie de agenda con tapas de cuero negro. La abre y empiezan a aparecer muchas fotos.



Laura continúa sonriendo. No es desagradable. Para nada, pero esto no me hace sentir bien.



-Es un álbum -señala.



Ella comienza a buscarla.

-Es una foto del curso de la universidad. De cuando era novata.




En su álbum puedo notar que hay muchas fotos que ella no quiere que vea. Las pasa rápidamente. Algunas en blanco y negro y otras en color.



-No, de verdad. No es necesario que me muestres fotos -digo-. Te creo.

-Mira -advierte-. Aquí estoy yo junto a un grupo de compañeros.



Laura apunta a una mujer más rubia e igualmente delgada. Está de pie junto a un hombre notoriamente mayor que el resto. Laura tiene puesto un jeans ceñido al cuerpo y una especie de chaleco delgado. Parece un poco vulnerable. Y eso me gusta.



-Ahí tenía veinte años. No tan mal, ¿cierto?. Al final tenía recuerdos, tenía en mi vida asuntos importantes…



Comienzo a mirar los rostros de cada uno de los que salen retratados. Empiezo de derecha a izquierda y, de improviso, en el extremo izquierdo de la foto, aparece mi madre.



Mi madre, pero con veinte años.



Tiene el pelo tomado y largo. Usa una falda corta y una polera con tirantes. Todo muy ajustado al cuerpo. A su lado hay un hombre moreno y más alto, que la abraza fuertemente de la cintura. Pegado a él está mi padre, que cierra el grupo.



Las manos se me ponen frías y hay un poco de sudor en ellas.



-La sacaron cuando entré a estudiar Comercial. Después me retiré, casi al mes, para casarme con el hombre que está a mi lado. Me embaracé, me casé y perdí a la guagua. Y perdí la carrera que había empezado.



Las palabras de Laura suenan sin convicción. Observo la foto. El grupo de personas parece joven, esperanzada y llena de confianza.



-Está fuera de foco -indico.

-¿Qué? -me pregunta Laura.

-La foto. Está fuera de foco.



Afuera de los vidrios del Star Mart, mucho más allá de las bombas de combustible y de los carteles, se ven las luces de los vehículos que van alejándose de Santiago. Cuento alrededor de diez a quince, en una fracción segundos. Todos con rumbo desconocido. Por lo menos para mí.



-Bueno, vamos -dice Laura-. Tengo todo arreglado. Toma las llaves, nos vamos más al sur. Supongo que no es un problema que estemos perdidos durante el fin de semana. Me puedo dar el gusto de gastar lo necesario contigo, niño bonito.



Laura toma un poco de bebida. Levanta una de las cejas y deja de sonreír. Gira la cabeza y observa al encargado del local, que nos mira desde que ella le pidió el tarro de bebida.



Me levanto de la mesa y con la mano llamo al encargado. Él camina hacia acá lentamente. Llega a la mesa y me observa un poco extrañado, luego mira a Laura.



-¿Necesita alguna cosa? -pregunta.

-La cuenta, por favor respondo.

-La señora ya pagó. Este es un autoservicio.



Me levanto de la mesa, Laura abre nuevamente su cartera para guardar su álbum. Me entrega las llaves de su auto, un Jeep Cherokee.



-Ve a sacar el auto, por favor -me dice- ¿Crees que puedo confiar en ti?

-No lo sé -respondo.

-Te sigo cuando termine de guardar la agenda -me explica, sin darme mucha atención.



Comienzo a caminar hacia la salida. No veo hacia atrás. A lo mejor el dependiente sigue allí, con Laura. Quizás no. El hecho es que salgo del autoservicio. Abro la puerta y cruzo toda la extensión pavimentada del lugar. Llego al auto, ingreso al interior y de inmediato se enciende la luz del techo. Introduzco las llaves en el arranque. Me quedo quieto. Reviso mi rostro con las manos y de pronto siento las bolsas de carne debajo de mis ojos. Las ojeras están aún más marcadas y parecen surcos de ríos sin caudal.



Miro hacia la carretera y luego me coloco unos lentes oscuros que hay sobre el panel del auto. Decido salir. Dejo las llaves allí y la puerta del auto semiabierta.



Ya estoy a la orilla de la carretera. Observo un par de luces a lo lejos.



Un auto pasa a baja velocidad. Eso me devuelve a la carretera, al viento y al sonido corto y preciso de los motores al pasar.



Alguien grita desde un lugar que no logro descifrar.



Me quedo quieto y espero a que el auto pase. Comienzo a caminar y luego a correr. Corro casi con desesperación. Sin destino y con las luces del YPF atrás. Vigilándome