Para consolar su corazon frivolo pero a la vez atormentado. Recurrio a los viajes y a los versos .
martes
mmm...
Yo quería pasarlo bacán con mi papá, porque yo a él no lo veo casi nunca. Mi papá, que se llama Nicolás igual que mi tata y que mi primo Búho, trabaja como vendedor en una tienda de deportes del parque Arauco. Él es profesor de educación física y hacía clases en un colegio de Peñalolén, pero algo le pasó (mi mamá nunca me ha contado) y se puso a trabajar como vendedor. Hoy día iba a venir. Me prometió que ese día seríamos más felices que todo el año junto.
Así, tal cual.
Mi papá está separado de mi mamá hace dos años. Igual fue penca porque yo no lo vi más, y de repente me acuerdo de cuando estábamos juntos. El día en que mi papá se fue de la casa yo no quise despedirme de él. No sé por qué no lo hice, pero él trató hartas veces de darme un beso. Yo era muy chico porque tenía diez años y los pendejos de diez años son tan impredecibles como un avión de papel. Ahora tengo doce y me acuerdo que cuando él se iba por la calle yo le grité “papá”, pero no alcanzó a escucharme y me puse a chillar ahí mismo hasta que mi mamá me llevó a mi pieza en donde, en vez de chillar, me puse a llorar con la almohada en la cara.
Esa vez la dejé toda mojada y llenas de mocos. Y no sé por qué, pero igual fue bacán, porque yo cacho que salí como más grande.
Pero hoy mi papá me iba a llevar a un lugar llamado “el persa Bio Bío”. No quería que fuéramos a jugar a la pelota ni al Parque Arauco porque como es profesor de educación física detesta hacer deportes o visitar el lugar donde trabajaba. En el Bío Bío íbamos a comer completos, a ver muebles viejos y un montón de celulares en el suelo. Yo quería que me comprara el Ace Combat 4 para jugarlo en mi consola Playstation 2 y la novela Moby Dick, de la que tanto me había hablado él. Todo con mi papá, que se llama Nicolás.
Pero cuando estaba listo, mi papá llamó para la casa. Se puso a hablar con mi mamá y ella empezó a levantar la voz. Yo la miré y ella me miró a los ojos. Entonces supe que tenía que darme vuelta y salir al patio. Me puse a mirar el cielo y vi unos pájaros oscuros que andaban como locos de poste en poste como si fueran grandes amigos jugando con una pelota invisible. Unos minutos más tarde llegó mi mamá. Me dijo que mi papá me llamaba.
–Hijo –me dijo.
–No vas venir –le respondí.
–En tres sábados más tengo libre. Ese será el día más feliz del año.
Vi la hora en mi reloj, que era un regalo de mi papá cuando cumplí los once. Un reloj negro con números rojos. Me dijo que había sido suyo cuando él tenía once. Es feo, pero mío. Y de él.
–Palabra, hijo. El más feliz de todos. En tres sábados más.
–Bacán –dije. Y no sé por qué corté.
Me fui a mi pieza y no quise tirarme a la cama. No quería llorar porque yo estoy más grande. Entonces decidí ver el reloj de mi papá y me quedé muchos minutos viendo cambiar los numeritos rojos, hasta que igual una lágrima se me cayó de los ojos.
Pero sólo fue una, lo juro.
