martes

Up

Se apagan las luces. El corto extremadamente gay de las nubecitas y luego el logo de Disney ( salgan corriendo si conocen a una mujer nacida post 1980 que no tenga onda con “La Sirenita” [mi segundo nombre es “Ariel”] ), luego la lámpara saltarina de Pixar y uno se siente en casita. No en casa. Sino Casita, un lugar donde uno se encuentra, como diría mi Abuela, “calentito y protegido”. Y comienza la historia del viejo de Up con su mujer, desde que se conocen, hasta que ella se da cuenta que no puede tener hijos. Y ahí aparece una combinación de pena-nostalgia-emoción y… algo sube. No creo que venga del corazón, de hecho, en mi caso, estoy seguro que viene del intestino. No sé si delgado o grueso, pero es el intestino. Y sube, esta cosa bizarra, insoportable e invasiva, sube hasta la garganta. Y ahí hago mi mejor esfuerzo. Peleo contra las ganas. Claro, hay que pelear. No quiero llorar. Llorar esta mal. Es de niñitas. De niñitas que se visten con colores pasteles y que duermen abrazadas a un Hello Kitty gigante y que usan mochila de Jonas Brothers…pero a veces, a pesar de la crianza machista sudaca a la que uno fue sometido, la emoción encuentra una puerta donde no hay guardias y entra sin permiso a-lo-Jack Bauer disparando contra cualquier sistema de seguridad que no permita el ingreso. Y ahí las lagrimas caen. Lo peor es que uno intenta que no se note. Uno intenta disimular que uno no es humano, que es un replicante, un cyborg, un cylon y se limpia con la manga ocultando que uno esta hecho de carne y hueso (en mi caso, mas hueso que carne, pero bueh). ¿De donde viene esto?, ¿de donde viene el miedo a la emoción en público? Supongo que del clásico “no llore” que me repetían tanto en mi infancia. Y en Up, la batalla masculina absurda por reprimir el llanto la gana el corazón de la película. Con Up fui “valiente”, sobreviví ese maravilloso inicio que valió mi entrada con sólo unas lagrimitas…y luego aparecieron los globos, el niño asiatico-boy-scout-mini-cartero, los perros que hablan, Venezuela sin Alo Presidente, y todo bien, hasta que el protagonista ve fotos de su mujer muerta y lee como ella le agradece por la aventura. Por la aventura que fue su vida juntos y le pide que por favor, ahora vaya en busca de la suya, de una nueva. Y ahí pensé que nunca he agradecido por la aventura. Siempre me quejo. O me quedo pegado en episodios anteriores analizando sin parar. Y quizá, como nunca lo había verbalizado, Pixar me tocó (mas bien dicho, me violó) una fibra que detonó un llanto que no pude disimular de ninguna forma.


Nunca he agradecido por la aventura.

Y con el tiempo, las relaciones amorosas-y-de-amiguis se terminan y la gente desaparece por la demencia, la tontera, los egos, el caos, el desamor, lo aburrido, lo divertido y este absurdo que es ser un humano…y lo peor…sin que nunca uno haya dicho gracias. Así que, a las personas que se sientan correspondidas, que ya no son parte activa de mi día a día, les agradezco. Por la aventura que compartimos y por haber sido una parte fundamental de mi existencia en tiempos dementes, inestables, mágicos, idiotas, triste y gloriosos. Al terminar los créditos, todo estuvo claro y por primera vez en un tiempo me di permiso para resetear y permitirme vivir nuevas aventuras, con nuevos personajes… para dejar el pasado donde tiene que estar y pensar en todo lo nuevo que se viene. Ahora estaré de brazos (y ojala) piernas abiertas para recibir el futuro. Espero, eso si, agradecer estas nuevas aventuras cuando todavía valga de algo, antes de arruinarlas con mi torpeza habitual (y poniendo en práctica todo lo que me han enseñado las aventuras anteriores).