martes

A-lma

Mi polera está arrugada y desordenada. Mis jeans están un poco sucios en las rodillas. Normalidad absoluta, pienso, mientras abro la puerta con cuidado. Todavía mantengo los anteojos de sol en mi cara, a pesar de estar en el interior de mi casa. Escucho en un personal stereo viejo Don’t stop believing de Journey, pero como las pilas están agotadas, el tema demora cuatro minutos en acabar.




- Some will win, some will lose –canta muy lentamente el vocalista de Journey en mis oídos.



En el living me encuentro con mi madre que está sentada en el sofá. Tiene encendido el computador y lee un catálogo de decoración en inglés. Noto su cuello, debajo de su pelo en melena, y es idéntico al mío: delgado, casi fino. Pero si uno lo observa detenidamente se da cuenta que es fuerte, lleno de músculos tensos. Inflexibles.



Mi madre deja el catálogo, se arregla su melena con una mano y me mira.



-Domingo, tú -dice. Vuelve su cabeza al computador y se queda contemplando la pantalla-. ¿Almorzaste?, Si no lo has hecho, dile a la nana que te prepare algo. Ella anda por allí.



Me quito los audífonos y los tiro cerca de las rodillas de mi madre.



-Cómo estás -digo.



Mi madre tiene puesta una falda hasta el muslo, color crema, y una blusa blanca de seda. En vez de zapatos, usa unas chalas de baño azules. Esta no es su hora de llegada a la casa y me sorprende que no esté en el trabajo.



-¿Por qué estás aquí, madre?.

-Porque vivo aquí -me responde con los ojos puestos en la pantalla del computador-. ¿No es razón suficiente?

-Lo digo por la hora. No se te ve llegar sino hasta la tarde.

-Vengo a buscar información, un disquete. Y vuelvo a trabajar.

-Me parece razonable.

-Lo es -concluye mi madre.



Me saco los anteojos oscuros y me dirijo hacia el pasillo. No tengo hambre y solamente deseo sacarme la ropa y tomar una ducha con agua tibia. Hace calor. Tal vez demasiado para ser octubre, pero al fin y al cabo, es algo que puedo soportar.



-Domingo -dice mi madre desde el living-. ¿Vienes de clases?

-Vengo de allá.



Mi madre me mira a los ojos, por un instante, y se queda quieta. Hay un pequeño silencio.



-Domingo, tienes ojeras.



Me quedo callado un instante.



-Es el estudio -miento.

-Supongo que debe ser así.

-Lo es.



* * *

Entro a mi pieza. Veo la cama con la marquesa de madera color café oscuro, que intenta hacer juego con el plumón rojo y verde que la nana colocó hace dos días. El closet, que va de lado a lado y con el mismo tono de la marquesa, parece impenetrable. No hay nada en las paredes. Sólo el papel mural blanco con pequeños relieves, y una hilera de focos halógenos que se encuentran en el costado opuesto al closet. Mi dormitorio no deja penetrar el sol y sólo la luz artificial es permitida aquí. Me dan ganas de abrir un poco las persianas, pero prefiero quitarme la ropa, que está húmeda y sebosa, y meterme a la ducha.




Abro una de las puertas del closet y comienzo a desvestirme. Me saco los bluyines y los dejo en la bolsa que tengo para la ropa sucia. Me quito la polera y sólo cuando estoy en calzoncillos consigo que mi cuerpo se estire. Me rasco un poco la nariz y respiro profundo. Veo si hay alguna marca –chupón o arañazo-, pero no encuentro nada. Entonces me desnudo.



Guardo los calzoncillos, unos de color burdeo, muy chicos y de mal gusto, en uno de los cajones del closet. Antes, los doblo y meto junto a la demás ropa interior en un pequeño bolso que tengo destinado para esto. Luego tomo del mismo cajón, pero de otro lado, unos boxers marca Polo. Busco otra polera, pero saco una camisa blanca de algodón. Tomo el boxer y la camisa con una mano, y me voy al baño.



Tomo un CD cualquiera de debajo de la mesa del equipo de música y lo instalo sin siquiera verlo.



-Sorpresa -digo y aprieto el shuffle.



Suena una música llena de acordes e instrumentos de vientos. La voz inconfundible es de Frank Sinatra. Y leo de la caja, el título de la canción. Es I’ve got you under my skin, en solitario.
El agua cae encima de mi cabeza. Tibia, casi caliente. Comienzo a echarme jabón y pienso en el momento en que me desperté.




Tenía dolor de cabeza y sentía cansancio en las piernas. Estaba solo en la casa de la mujer que pidió acostarse conmigo. Que solicitó tirarme. El dormitorio era grande y tenía cuatro enormes cuadros pegados en las cuatro paredes blancas. Cuadros de fotos en blanco y negro. Ubiqué varios retratos de gente conocida y de edificios famosos. La fotografía que más me gustó fue una donde salía Chuck Berry sentado con su traje de presentación junto a su guitarra al costado de un escenario. Se veía viejo y abandonado. Detrás de él había mucha gente en desenfoque. Policías y músicos y sonidistas. Pero Chuck Berry dominaba todo. El era el rey en esa fotografía. Con el rostro cansado y perdido, pero seguía allí. Como si las cosas hubieran pasado por encima de su piel vieja y arrugada. Abajo de la foto decía: “Chuck Berry backstage at Cleveland Stadium. The Concert for the Rock & Roll Hall of Fame“, by Anton Corbijn, salía escrito.



La cama era espaciosa y tenía un plumón azul oscuro de plumama. Las sábanas eran blancas y de algodón. La dueña de la casa estaba sola y cuando abrí los ojos, me miró y me sonrió.



-¿Cheque? -dijo ella-. No tengo efectivo.

-No importa -le respondí-, cheque está bien. Teléfono y rut.



Ella se abrochó la falda y se fue al baño. Noté que no tenía medias puestas.



Jugué con la bata de levantarse que ella había usado, supuestamente, antes de vestirse. Tomé el control de su equipo de música. Lo encendí. Sonaba lo mismo de toda la noche. Música suave y romántica. Casi toda de cantantes italianos modernos. No quería seguir escuchando eso y cambié de dial.



La mujer con quien me acosté por dinero se llama Laura, tiene cuarenta y cuatro años, tiene el pelo castaño, con visos rubios; y su rostro es redondo y simpático. Su cuerpo es ancho pero bien trabajado en gimnasios. Sus piernas son duras y sus partes blandas están bien contenidas, a pesar de todo.



Después del baño ella volvió con el pelo tomado y la cara lavada. Se veía bien, aunque cuando nos encontramos por primera vez, calculé que tenía mucho más edad de la que realmente tiene. Pero en ese momento, sin un gramo de pintura en su cara, me pareció más atractiva. Una mujer más cercana. Laura volvió a reír y se acercó a la cama.



-Toma, niño bonito -puso el cheque en la sábana.

-Gracias -le dije.

Laura se había contactado conmigo por mi beeper. Me señaló el lugar donde nos encontraríamos, un nombre de chapa -Carmen- y la frase “compañía”. El resto fue más o menos lógico. Música, conversación y sexo. Antes de irse, me pidió que volviera a dejar el dial de la radio en su lugar. Y se quedó escuchando una canción que yo ya había escuchado durante la noche: Amor mío, de Mina.




La ducha ahora me está despejando un poco más. Tal vez lleve diez minutos o media hora. El asunto es que ya todo está volviendo a la normalidad.



-Don’t you know you fool, you never can win –canta ahora, Sinatra-. Use your mentallity, wake up to reality.



Salgo de la ducha goteando y me voy sin toalla a mi pieza. Escucho la voz de mi nana que me pregunta si voy a comer algo.



-Nada por ahora -respondo.



La nana ha llegado a mi lado, y me observa sin sorpresa alguna. Yo me quedo quieto, esperando a que se vaya.



-Gracias de todos modos -le digo.



Un sólo de trombón que dura un par de segundos es interrumpido por un par de trompetas, el pasillo de mi casa resuena mientras miro las gotas de aguas que caen de mi cuerpo y que van haciendo un gran charco en la cerámica.



La nana se va. Lo hace lentamente. De improviso se detiene. Espera un instante y gira. Me mira a los ojos sin que en su rostro exista un gesto distinto.



-De nada -dice después de unos segundos. Y se marcha. Sinatra acaba de terminar el tema.
Estoy recostado en mi cama. Tengo los ojos cerrados y la ropa se me está pegando al cuerpo. Decido ver qué mensajes ha tomado el operador del beeper. Sólo hay dos. Uno de una mujer que dice llamarse Carola, con el número de su celular, junto a la hora en que, supuestamente, yo debía telefonearle.




Lo descarto. No me interesa llamar a nadie de esa forma y opto por borrar vestigios.



El otro mensaje es algo extraño. No da nombres. Sólo una dirección y la hora. Me parece intrigante y me dan ganas de saber más, aunque de todas maneras lo borro. Busco mis lentes de sol y no los encuentro. Abro el cajón de mi velador y saco un pequeño espejo. Me miro la cara y noto las ojeras que mi mamá advirtió cuando llegué. Se ven algo mal, pero de todas formas no me importan. En eso entra ella. La siento venir a causa del ruido que provocan las chalas al rebotar sobre la cerámica.



-¿Ya tienes tu información, mamá? -digo, cuando la veo aparecer.

-Domingo, te han llamado por teléfono -dice mi madre.



Enciendo el televisor y cambio sucesivamente de canal. Me quedo con la imagen de un hombre y una mujer hablando en una especie de supermercado, es una película antigua, sin colores, el hombre lleva un sombrero y la mujer es rubia, apenas hablan, intentan pasar desapercibidos como si tramaran un crimen.



-Han llamado -insiste-. Es raro que te ubiquen por teléfono, ¿no crees?



Me quedo observando al hombre y la mujer evitando ser descubiertos en la conversación.



-Mamá, dime que es lo que quieren por teléfono. Nada más, por favor.

-Solamente preguntan por ti, Domingo. Yo respondo que de parte de quién y sólo me dicen: veintidós horas y en un restaurante que no entiendo cual es. ¿Qué debo pensar? ¿Tienes alguna respuesta que darme?

-Debe ser una amiga.

-Una vieja amiga.

-Si, una vieja amiga -confirmo.



Cruzo los brazos por detrás de mi cabeza.



-Espera un momento, no he terminado.

-Entonces termina -digo-. Nadie te lo impide.



Mi madre me observa fijamente. Me da la sensación que no tiene qué decir. De pronto, se toma la blusa y la mueve, como dándole aire al interior de su cuerpo.



-Espero que no ocupes el teléfono con tus amigas.



Intento responderle, pero mi madre no escucha y se arregla el pelo con un poco de fuerza. Su pelo ondea un poco. Su cara está tensa. Músculos contraídos y mirada fija.



-Es un trato -le digo en voz baja y casi sin pensar.



Me levanto y, en ese mismo instante, mi madre se gira y camina hacia la puerta. La veo salir como si lo hiciera en cámara lenta. Antes de hacerlo por completo, se detiene. Luego me dice:



-Estás acostumbrado a hacerlos.



Me dirijo a una nueva cita. Voy en un taxi colectivo que tomé en el centro directo a un autoservicio al paso, en la Panamericana. Solamente conozco el nombre del lugar al que debo llegar. Es una YPF con restaurante, estacionamiento y full servicio, ubicada a unos quince kilómetros de Santiago. En la caletera de la Autopista Central. Allí me citó nuevamente Laura. El mensaje indicó: “YPF SAN BERNARDO. LAURA, DESPUÉS DE LAS DOCE“. En el auto vienen cuatro pasajeros. Yo voy en el asiento de atrás y el hombre que va sentado a mi lado, lleva una gran caja sobre sus muslos. El taxi colectivo es amplio y cómodo. El chofer es joven y tiene encendida la radio. Una voz femenina lee las noticias al cierre de una emisora AM. Yo tengo encendido el mismo personal estéreo viejo. Escucho Crímenes perfectos, de Andrés Calamaro.



Pasamos por un lugar muy oscuro en altura. Luego por otro sitio muy iluminado y con muchas vías y orejas viales, y me quedo un poco confundido.



Realmente, no sé donde estoy.



-La YPF, compañero -dice el chofer, de improviso.

-¿Llegamos a la YPF? -pregunto, bajando el volumen del personal estéreo.

-Así es, compañero -me responde.



Diez segundos después, el auto se desvía unos metros y aparece el edificio-restaurante, además un garaje, la silueta de un par de camiones con acoplado estacionados detrás de la construcción y varios autos en la entrada del autoservicio. Salgo del auto. Hay viento y prefiero subirme el cuello de mi cortaviento color azul marino. Me meto las manos a los bolsillos. Respiro fuerte y la nariz me aprieta como si la hubiera rasgado un pequeño cuchillo. Camino al edificio. Miro los autos.



Entro y mi piel nota el cambio de temperatura. Veo a Laura sentada, con las piernas cruzadas. Sola. Tomándose una bebida.



Camino lentamente hacia ella.



-Hola, Domingo -dice Laura.



Me quedo en silencio y hago un ademán de saludo. Apago el personal estéreo y aprovecho de sacarme los audífonos.



-Tienes ojeras.

-Lo sé -respondo-. Quiero una bebida, ¿la puedes pedir?



Laura se levanta y camina hacia el encargado del local que viste una camisa a cuadros y unos pantalones sports, de tono pastel. El sonríe y le saca un tarro de Sprite del refrigerador. Laura se voltea hacia mí y muestra el tarro. Yo le digo que sí con la cabeza y ella paga. Camina lentamente con la bebida colgando de su mano. Lleva un vestido azul oscuro, casi del mismo tono que el de mi cortaviento. Es un poco suelto y le llega más arriba de la rodilla. Encima tiene una especie de tapado del mismo tono del vestido. No tiene un gramo de pintura. Los ojos se destacan aún más y si yo fuera un hombre mayor, separado y con intenciones de rehacer mi vida, probablemente la buscaría. De pronto me sonríe y levanta la bebida. Se sienta y abre con mucha fuerza el tarro. La bebida salta y nos moja a los dos.



-¿Cómo eras de joven? -le pregunto sin intención de hacerla sentir mal-. Tenías el pelo más largo que ahora, o te pintabas de otra forma.

-Espero que te guste en algo lo que ves ahora. A mi me gusta cómo es tu cuerpo, tu cara y en general, todo lo que veo delante de mi –dice con un tono tan triste que me pone triste a mí.

-Sólo me gustaría saber cómo eras antes.



Ella sonríe y se le notan pequeñas arrugas en sus ojos.



-Cuando tenía tu edad, usaba vestidos a la moda y tenía a muchas personas pendientes de lo que yo podía hacer -responde Laura, todavía sonriendo, pero un poco avergonzada-. Te dice eso algo, ¿no?

-Y supongo que no tienes ningún recuerdo. Los recuerdos son lo más importante en la vida de las personas.

-Nada -me responde-. Supongo que no tengo asuntos importantes en mi vida.



Miro a Laura. Y ella me mira a mí.



Espera -dice-. Tengo una foto de curso.



Laura busca en su bolso y saca de éste, una especie de agenda con tapas de cuero negro. La abre y empiezan a aparecer muchas fotos.



Laura continúa sonriendo. No es desagradable. Para nada, pero esto no me hace sentir bien.



-Es un álbum -señala.



Ella comienza a buscarla.

-Es una foto del curso de la universidad. De cuando era novata.




En su álbum puedo notar que hay muchas fotos que ella no quiere que vea. Las pasa rápidamente. Algunas en blanco y negro y otras en color.



-No, de verdad. No es necesario que me muestres fotos -digo-. Te creo.

-Mira -advierte-. Aquí estoy yo junto a un grupo de compañeros.



Laura apunta a una mujer más rubia e igualmente delgada. Está de pie junto a un hombre notoriamente mayor que el resto. Laura tiene puesto un jeans ceñido al cuerpo y una especie de chaleco delgado. Parece un poco vulnerable. Y eso me gusta.



-Ahí tenía veinte años. No tan mal, ¿cierto?. Al final tenía recuerdos, tenía en mi vida asuntos importantes…



Comienzo a mirar los rostros de cada uno de los que salen retratados. Empiezo de derecha a izquierda y, de improviso, en el extremo izquierdo de la foto, aparece mi madre.



Mi madre, pero con veinte años.



Tiene el pelo tomado y largo. Usa una falda corta y una polera con tirantes. Todo muy ajustado al cuerpo. A su lado hay un hombre moreno y más alto, que la abraza fuertemente de la cintura. Pegado a él está mi padre, que cierra el grupo.



Las manos se me ponen frías y hay un poco de sudor en ellas.



-La sacaron cuando entré a estudiar Comercial. Después me retiré, casi al mes, para casarme con el hombre que está a mi lado. Me embaracé, me casé y perdí a la guagua. Y perdí la carrera que había empezado.



Las palabras de Laura suenan sin convicción. Observo la foto. El grupo de personas parece joven, esperanzada y llena de confianza.



-Está fuera de foco -indico.

-¿Qué? -me pregunta Laura.

-La foto. Está fuera de foco.



Afuera de los vidrios del Star Mart, mucho más allá de las bombas de combustible y de los carteles, se ven las luces de los vehículos que van alejándose de Santiago. Cuento alrededor de diez a quince, en una fracción segundos. Todos con rumbo desconocido. Por lo menos para mí.



-Bueno, vamos -dice Laura-. Tengo todo arreglado. Toma las llaves, nos vamos más al sur. Supongo que no es un problema que estemos perdidos durante el fin de semana. Me puedo dar el gusto de gastar lo necesario contigo, niño bonito.



Laura toma un poco de bebida. Levanta una de las cejas y deja de sonreír. Gira la cabeza y observa al encargado del local, que nos mira desde que ella le pidió el tarro de bebida.



Me levanto de la mesa y con la mano llamo al encargado. Él camina hacia acá lentamente. Llega a la mesa y me observa un poco extrañado, luego mira a Laura.



-¿Necesita alguna cosa? -pregunta.

-La cuenta, por favor respondo.

-La señora ya pagó. Este es un autoservicio.



Me levanto de la mesa, Laura abre nuevamente su cartera para guardar su álbum. Me entrega las llaves de su auto, un Jeep Cherokee.



-Ve a sacar el auto, por favor -me dice- ¿Crees que puedo confiar en ti?

-No lo sé -respondo.

-Te sigo cuando termine de guardar la agenda -me explica, sin darme mucha atención.



Comienzo a caminar hacia la salida. No veo hacia atrás. A lo mejor el dependiente sigue allí, con Laura. Quizás no. El hecho es que salgo del autoservicio. Abro la puerta y cruzo toda la extensión pavimentada del lugar. Llego al auto, ingreso al interior y de inmediato se enciende la luz del techo. Introduzco las llaves en el arranque. Me quedo quieto. Reviso mi rostro con las manos y de pronto siento las bolsas de carne debajo de mis ojos. Las ojeras están aún más marcadas y parecen surcos de ríos sin caudal.



Miro hacia la carretera y luego me coloco unos lentes oscuros que hay sobre el panel del auto. Decido salir. Dejo las llaves allí y la puerta del auto semiabierta.



Ya estoy a la orilla de la carretera. Observo un par de luces a lo lejos.



Un auto pasa a baja velocidad. Eso me devuelve a la carretera, al viento y al sonido corto y preciso de los motores al pasar.



Alguien grita desde un lugar que no logro descifrar.



Me quedo quieto y espero a que el auto pase. Comienzo a caminar y luego a correr. Corro casi con desesperación. Sin destino y con las luces del YPF atrás. Vigilándome